sábado, 7 de febrero de 2009

OLVIDO GARCIA VALDES: Poetica, 1997

Desde "Artes poéticas" Olvido García Valdés, expone su poética:

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Alguien dijo que el misterio de un libro no está en su final, sino en su principio. Cada uno de mis libros deja atrás una época, un modo de estar, y después de cada uno viene un vacío, una incapacidad de sentir emoción. Como si de una enfermedad se tratase, todo se vuelve irreal: mi vida, la manera en que según observo se relacionan las personas, la falta de sentido en casi todos lo que oímos —pura palabrería sin soporte, sin raíz: telarañas de las que parece imposible desprenderse. Todo resulta entonces aleatorio: ya no sólo por la intrínseca movilidad y gratitud de las cosas, por el azaroso vaivén de la vida, sino por esta confusión de lenguas. por el progresivo vaciamiento de las palabras.

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Esa desesperanza, ese volverse todo ajeno cuando no claramente detestable o peligroso, lo atempera la escritura. Un poema, lo sabemos como lectores, es el lugar donde las palabras alcanzan a las cosas.: en él late el hálito de lo que no estará o de lo que estará cuando uno ya no esté. Reconocer y nombrar, lo descarnado, pero no perecer: conservar pensamiento y emoción y tejido con el mundo; así, el poema.



Arrebato, la mítica película de Iván Zulueta, reivindicaba un cine-mundo, un cine que diese cuenta de la pausa, del parón, del vértigo temporal en una imagen. Ahora alguien me cuenta: “ayer estaba en la cocina, la cocina da a un camino en pendiente y llovía; sólo se veía agua que arrastraba barro, un río de barro que bajaba, y abajo, en el borde inferior de la ventana, el verde de las plantas que tengo allí”. Eso es pausa.



O lo escasos que son los lazos verdaderamente fuertes. La enfermedad, sabemos, ocupa a veces el espacio del alma, es el alma: la falta de emoción. Después uno vuelve poco a poco en sí y encuentra lo que se va quedando en la cabeza. El poema, como determinada pintura, parece resultar de una atención extrema, de ese hacernos melancólicos y extraños vigilantes de lo que está ahí, de lo que no somos y que por completo nos atrapa y nos ocupa. Lo que pasa al corazón.
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Acabé Caza nocturna, mi último libro, en abril del 96; aún no sé cómo será el proximo. Sin embargo, he vuelto a desear escribir, como si antes del poema se acercara la sombra del poema se acercara la sombra del poema. Eso de la sombra del poema. Eso de la sombra del poema: si llegan a hacerse, los próximos tendrán que tener algo de Bruno Schultz y líquenes o la huella de líquenes y algo de Emily Dickinson (ahora, al escribirlo, pienso que quizá eso es otro modo de decir misterio y emoción y materia). Parece que cesó la violencia, la soterrada ira, la autopunición. No así el luto, tal como de él habló Benjamín, su demorado ánimo meditativo. Pero hay también un muy antigüo deseo de ligereza. Y en ese sentimiento de lo aleatorio a veces parpadea alear: cobrar aliento quien convalece, reparar algún afán o trabajo. De la poesía sólo sabemos por sus misteriosos resultados, los poemas, pero también es misterioso su origen, lo extraña que es la vida.
Toledo, noviembre de 1997.

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En El último tercio del siglo (1968-1998). Antología consultada de la poesía española, Madrid, Visor, 1998, p.p. 424-425.

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